Ahora estoy con mis peques, es el cumple de mi princesa, 8 años ya… En el sofá, con la compañía de un fuego que me recuerda la dualidad de todo, el renacer, la muerte, la destrucción… y cómo de ellas surge algo tan bello como las llamas que te calientan y te hipnotizan.
Esa destrucción que es hermana del paso del tiempo, de los años, de algo que ya nunca volverá, que fue y murió.
Como mi niña, que cada día muere un poco para irse convirtiendo en la mujer que un día será.
Así que nada permanece, y eso mismo es lo que lo hace bello, a pesar de que un halo de nostalgia lo envuelve.
A veces siento que quizás por eso mismo estamos aquí. Para experimentar todo el espectro de emociones, por eso se nos dio un corazón. Y para observa todos «nuestros» pensamientos (aunque creo que nuestros es vanidoso decirlo), por eso quizás se nos dio una mente.
Y es que todo es pasajero, nada permanece. Y ahora estoy aquí, con ellos, con ella, en su octavo cumpleaños.
Y ya no puedo negarlo. El tiempo y mis hijos es el reto más grande que me brinda la vida.
Hijos, tiempo, impermanencia, nacimiento y muerte. Incluso nihilismo. Todo es.
A un nivel, pasajero.
A otro nivel, un ciclo sempiterno.
¿Dónde estoy yo?
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