Del dolor del cuerpo

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No sé si hoy voy a escribir algo interesante. Me siento un tanto pesada, con cierta película de opacidad que cubre mi ser.

Y hoy esta opacidad sutil se debe al malestar corporal que siento. Cierta incomodidad, cierto dolor físico. Simple, natural, primario.

Y al poco dormir, por mi pequeña que lloraba de dolor por su tierno oído inflamado. ¡Cuán difícil es sostener el dolor de quien tanto amas! Sostenerlo, porque nada más está en tus manos.

Y en esos momentos, ¿Qué queda? La presencia. Presencia. No entrega, como se entiende la entrega a otra persona, no. Es la entrega de tu presencia, una quietud profunda, un «ser» con todo tu ser, para poder entregar lo que eres en realidad, sin dejar de ser.

Das espacio al momento presente, de donde nace la verdad.

Y mientras mi pequeña llora y mi corazón se contrae porque así es su naturaleza, yo la acojo entre mis brazos, sin lamentaciones, sin quejas, entregando el momento a la luz. Ella se encargará de todo.

El cuerpo es sabio, él sabe cómo recuperar su equilibrio.

Al cuerpo debemos venerarlo, respetarlo, escucharlo y confiar en él. Nunca está enfermo, eso es un concepto más, como cualquier otro. Cualquier cuerpo sabe qué necesita, si se le deja hacer. La única enfermedad real es no escucharle, no confiar en él, no dejarle ser. Él es nuestro microcosmos, dentro del cosmos. Él es quien, si le observamos, nos confía todos los secretos del mundo en su plano físico.

Pero nos empeñamos en creer saber más que él, en querer estirar su existencia más allá de lo razonable sólo por el miedo a morir.

Y vivimos atrapados en cuerpos maltratados, abandonados, adulterados, torturados.

Y él es nuestro templo físico aquí en el mundo. Nuestra morada.

Cuando duela, démosle espacio. Sin rencor, sin odio, sin añadirle más sufrimiento, sin atraer el plano mental, el único que puede sumar sufrimiento al dolor.

¿Puedes sonreírle a tu cuerpo dolorido? ¿Puedes susurrarle con cariño? ¿O puedes, simplemente, observarlo en silencio con toda tu presencia?

Él es lo único que necesita de ti, que confíes y le dejes ser.

Así que cuando una hija llora por un dolor que su ser todavía no es capaz de entender, soportar y, mucho menos, aceptar, a la madre le toca generar el espacio para que eso ocurra.

Si hay que medicar, se hace. Si hay que visitar a un médico, se hace. Si hay que buscar ayuda donde sea, se hace. Se hace todo lo que una pueda hacer para paliar cualquier dolor.

Pero lo que en ningún caso debe olvidarse es

la presencia

la quietud

la aceptación

la rendición al momento presente

la confianza en el cuerpo

y la sonrisa amorosa que emana luz y energía para observar en silencio el dolor. Hasta transmutarlo.

Porque ese espacio siempre está a nuestro alcance.

Y es espacio es el que contiene cualquier sanación y el que, con su luz, ilumina cualquier oscuro rincón de sufrimiento.

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