Me pasé años tomando decisiones buscando estabilidad. Estudios para un futuro estable, búsqueda de un trabajo estable, relación de pareja estable, compra de casa para tener un lugar donde vivir estable… y así con todo.
Estabilidad. Y cuando me fallaba, todo mi mundo temblaba.
¡Qué forma de vivir! Tan extendida, normalizada y, a la vez, utópica.
¿Qué existe estable? ¿Qué hay en nuestras vidas que sea estable? ¿Qué entendemos por estable? ¿Y por qué queremos que las cosas sean estables?
La vida es estable a un nivel, de forma profunda, de manera innata. Pero a otro nivel es todo menos estable. Sólo con observar un poco, es evidente. Todo, absolutamente todo, sin excepción en este mundo, cambia, evoluciona, perece.
Y perecer no tiene como sinónimo el fin absoluto, el punto final. Perecer es un fin relativo. El inicio de un nuevo estado.
La naturaleza, esa savia compañera y maestra a la que deberíamos observar más y mejor, nos lo muestra en cada detalle, en cada ciclo.
Así que lo tenemos justo delante de nosotros, la evidencia de que nada mantiene su forma mucho tiempo. Pero nos empeñamos en buscar esa inmutabilidad… ¿para qué? ¿por qué? Porque nos identificamos con determinadas formas, y perderlas significa enfrentar-nos a pequeñas muertes.
Y nos da pavor. Nos horroriza pensar que algo muere, que algo a lo que nos hemos aferrado y con lo que nos identificamos hasta creer que somos o que es parte de nosotros, desaparece para siempre.
Y eso, precisamente, es la negación más absoluta de lo que es.
En este plano físico, todo cambia, nada permanece. No hace falta ser un sabio para reconocerlo. La vida, constantemente, da prueba de ello.
Negarlo, pues, ¿no es acaso una relación patológica con la realidad de lo que es? ¿Una relación quimérica con el presente? ¿Una relación sumida en el conflicto? Y así vivimos, tantos años… en guerra con lo que es.
Y lo que es, es que morimos a cada instante, y renacemos. Y ese es el mayor regalo de esta vida.
Lamentablemente, nadamos en contracorriente y en cada renacer llevamos con nosotros losas pesadas de cada identificación, deseo, sueño, necesidad, recuerdo, miedo.
Pero el ciclo no para, no cesa nunca. Y cuanto antes se ve, se acepta, antes uno se libera de tal lucha estéril y patológica.
Nacimiento y muerte. Cambio constante. Inestabilidad. Ciclo. Esta es la naturaleza del mundo, de toda vida.
¿Para qué preocuparse de una estabilidad imposible?
¿Para qué desperdiciar toda esa energía luchando por mantener tantas estructuras destinadas al colapso?
¿Para qué vivir con miedo a perderlas, si lo único seguro y estable en esta vida es que sí, que vamos a perderlas?
Pero ¡ay! necio quien piensa que todo acaba aquí.
Al final del río siempre hay un remanso de paz. Después de una ola y otra y otra, siempre hay una profundidad en calma. Oculto detrás de cada nube, brilla el sol.
Hay que saber fluir en el río. Hay que reconocer las olas como olas. Hay que agradecer la nubes.
Porque más allá de lo mutable, está lo inmutable.
¡Ay! Pobre del que se queda atrapado en el cambio, con resignación.
La lucha contra el cambio, una vez superada se convierte en la aceptación del cambio. Pero puede vivirse con resignación y desembocar en nihilismo. Eso es quedarse en el purgatorio.
Como el que dijo «Pienso, luego existo» y ya no fue más allá, quedándose a mitad de camino. Ofrece cierta paz, cierto.
Al igual que la aceptación, ofrece cierta paz. Pero hay que ser honesto con uno mismo, y preguntarse si es una aceptación amorosa y sincera, o una aceptación con tintes de frustración y abandono.
No. No es lo mismo resignación que aceptación.
La aceptación pinta cuadros luminosos y alegres. La resignación pinta cuadros sombríos.
Si aceptas las leyes de este mundo, de este plano físico y sigues observando tu interior, verás muy fácilmente y sin esfuerzo que hay una parte de ti, ¡la más evidente! que nunca ha cambiado. Que la conoces desde siempre. Que no puedes describirla. Ni nombrarla. Pero es tu identidad más pura y única.
Es tu yo Real. Verdadero. Atemporal.
Es lo que te acompaña siempre.
Lo que no perece.
Lo inmutable en ti.
¿No es absolutamente maravilloso?
Deja un comentario