En silencio y soledad

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Hoy hay una luna intensa. No es la llena, la que todos admiran. Es una sin más, preciosa. ¡Cuánto tenemos que aprender de la naturaleza, de su magnificencia y quietud entre tanto movimiento!

Ella es reflejo de nosotros mismos a nivel corpóreo. Nosotros estamos hechos de la misma materia. Seguimos los mismos ciclos. Estamos conectados.

Y al observarla, allí arriba, tan cercana y lejana, me abruma con su silencio y soledad. Y lo curioso es que no está sola, nunca lo está. Ni tampoco en silencio.

Miles de estrellas comparten el mismo espacio. Miles de sonidos se pierden y disuelven en él.

¿Y nosotros, entonces?

¿Qué somos en este mundo?

Somos materia, igual que la luna y las estrellas. Parte de la misma materia y creación.

Una materia que nace, muere, pero nunca desaparece, sólo cambia a otra forma de energía.

Y así de forma continua, cíclica.

Qué absurdo sentirse solo en este mundo, cuando nos rodea tanta vida. Qué absurdo temerle al silencio, cuando es quien contiene todo sonido.

Es tan importante sentarse en silencio y soledad, como respirar.

Son momentos de descubrimiento de la falsedad de nuestros miedos, si somos los suficiente valientes como para observarlos con amor.

Y cuando eres capaz, en silencio y soledad, como la luna, de sonreírle a tus miedos, descubres que no son más que fantasmas asustados que sólo necesitaban un poco de luz para fundirse con la paz que es nuestra esencia por naturaleza.

Y se van. Sin más. Sin culpa. Sin rencor.

Y queda la paz. En compañía de la vida, del momento presente, que lo contiene absolutamente todo.

¿Cómo vamos a estar solos? Nunca lo hemos estado, no es posible estar solo en este universo.

Pero hay que ser valiente para sentarse en soledad.

¿Cómo sino íbamos a descubrir que no existe?

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