Hacía dos días que me había venido a la mente la necesidad o la ilusión, más bien, de querer escribir algo interesante para alguien. Y estaba inquieta, ansiosa. Pensando, imaginando, perdida entre posibles títulos. Qué absurdo. Y a la vez qué útil y necesario que todavía me ocurra, para poderlo ver y ser consciente de ello.
A ratos me decía «Ya te vendrá la inspiración, tranquila, no hagas nada». Pero a ratos me encontraba pensando, ideando… bloqueando lo que deba ser.
Y hoy, en cambio, sin saber muy bien por qué, de repente, lo he soltado y he sentido un alivio enorme.
Ahora sí, estoy lista.
No voy a hacer nada. Ningún esfuerzo por crear nada. ¿Qué voy a crear yo? ¿De verdad me creo yo con la potestad de decirle nada interesante a nadie? ¡Qué tontería!
No creo que mis palabras tengan ninguna importancia.
Tampoco creo que mi persona pueda ayudar a nada.
Tampoco creo ser especial en ningún sentido.
Sufro como todos.
Sonrío como todos.
Mis sentidos funcionan como para todos.
Mi corazón late como todos.
Mi mente divaga como todas.
Mi ser… no es mío.
Así que mis vaivenes son grandes lecciones.
Lecciones que cuentan lo importante que es dejar de hacer lo que la vida misma no te trae de forma natural.
Y eso mismo, si haces cosas a contracorriente de la vida,
te aleja de ella,
te erosiona,
te duerme.
Lo mismo ocurre con aquello que nos ocurre y no esperábamos, y que etiquetamos como contratiempo o desgracia.
Cuando la vida nos ofrece estos momentos, los siento cada vez más como una oportunidad.
Una oportunidad para liberarme de ese sufrimiento.
Y no me importa de donde venga ese sufrimiento. Por supuesto vendrá de algún miedo, trauma, creencia… pero no me importa demasiado, son temas que ocupan energía inútil y que forman parte de lo absurdo de este mundo.
Dicen que el subconsciente nos controla, que es un lugar profundo e inexplorable. Y yo creo que es un lugar extendido y expandido como una mancha de aceite en una balsa de agua, pero de igual modo, superficial, sin poder sobre el agua misma y sus profundidades.
Así que bienvenidas son las desgracias que me hacen tambalear.
Bienvenidas las desgracias que encojen mi estómago.
Bienvenidas las desgracias que contraen mi cuerpo.
Bienvenidas las desgracias que me cuentan historias y me hacen temblar.
Bienvenidas, ellas, que me catapultan al futuro, que me devuelven al pasado, que me borran del presente… para darme cuenta de ello, y poder volver con más fuerza a él. Y valorarlo más. Y mantenerme más.
Y sólo así se trascienden las manchas de aceite, para ir más profundo.
Así que sí, yo también sufro. Pero lo bendigo y lo abrazo.
¿No es acaso eso, precisamente, dejar de sufrir?
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