Uno de los cuatro acuerdos toltecas dice que debes ser impecable con tus palabras. ¡Cuánta razón! Y pasa lo mismo con la amabilidad: ¿Qué cuesta? Ser conscientes de ello.
Las palabras son muy poderosas. Transmiten. Envían. Y lo que transmiten o envían, el 50% es responsabilidad nuestra. El otro 50% depende del otro. Y aquí no tenemos poder.
Pero sí siento que esto también se puede aplicar a las emociones. Cuando tenemos ciertas emociones, nos dicen que debemos expresarlas, o peor aún, ser positivos! NO.
Cuando una emoción nos abruma, tenemos tres opciones.
Reprimirlas o disfrazarlas: peligroso. Por algún lugar necesitarán transitar. Están siempre de paso. Las buenas, y las malas.
Expresarlas: egoísta. Lo único que conseguimos es contaminar más el mundo con ellas, esparcirlas por doquier, afectar a seres inocentes.
Vivirlas y dejarlas ser. Lo más equilibrado, el camino del centro. Ni reprimirlas, ni expresarlas. Vivirlas, en tu ser, en tu intimidad, en la soledad.
¡Ay! Y ahora la mente asoma con su pregunta ¿Y el amor y la felicidad? ¿No es precioso expresar el amor y la felicidad? El caso es que hay emociones que no son condicionadas, y deberían ser expresadas siempre, de forma espontánea y natural.
Y estas son las que emanan de más allá de cualquier situación y de la persona misma. La paz, el amor y la dicha son estados naturales del ser, independientes de cualquier forma e incondicionales.
Y digo dicha en lugar de felicidad expresamente (ay las palabras ¡cuán imperfectas son!), porque la felicidad es pasajera, es una emoción mundana, sujeta a mil condiciones.
Así que dejemos a nuestras emociones fluir, atravesarnos, y en silencio.
Silencio… qué gran aliado del ser.
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