Música

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Ahora que estoy en uno de esos momentos especialmente profundos, junto al fuego de tres troncos convirtiéndose en cenizas, dos gatos rodeándome, y la música de Pachelbel de fondo mientras dejo impresas estas palabras, me doy cuenta de que la música tiene su propio idioma.

Las palabras están en el plano más material.

Luego le sucede la música.

Hasta llegar al silencio.

La música es capaz de transmitirme tanto o más que las palabras. Me transporta. Me eleva. Me emociona. Me habla. Lloro. Río. Me envuelve.

Es algo absolutamente maravilloso. Sólo por ella ya vale la pena vivir esta vida. Es uno de sus miles milagros.

Hasta llegar al silencio. Donde he de sumergirme más, porque estoy segura de que es más intenso y verdadero que las palabras. Más intenso y verdadero que la propia música.

Y pasa como en cualquier comunicación;

Está quien habla y quien escucha. Quien habla transmite y quien escucha interpreta. A veces hablamos, otras escuchamos. Cuando hablemos, cuidemos las palabras. Cuando escuchemos, librémonos de cualquier interpretación y de tomárnoslo personal.

Está la música y quien escucha. La música transmite y quien escucha interpreta. Cuando escuchemos, librémonos de cualquier interpretación.

Está el silencio y quien lo percibe. Y resulta que son el mismo ser. Yo soy el silencio. Sin sujeto y sin objeto. Si no hay objeto, no hay sujeto. Queda el silencio. Quedo Yo.

Sin interpretaciones. Sin música. Sin palabras.

Pero de él nace absolutamente todo.

La pregunta que me alcanza ahora es: ¿Pero y lo contiene todo? Yo creo que no, de la misma forma que una madre no contiene a su hijo, ni el sol contiene todos sus rayos… pero son parte de él y nacieron de él.

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