¡Cuán dual es este mundo!
Y cuanto más me alejo de esta dualidad, menos palabras encuentro y más silencio me llama.
Pero estoy escribiendo, sí, y mucho.
Porque me ayuda a hacer evidente todo lo oculto y atrapado en mí, y sin tener que expresarlo muy explícitamente, se va quemando, va muriendo, va transformándose en luz.
Algunos dicen que para que haya luz ha de haber oscuridad, que para haber paz ha de haber guerra, que para haber dicha, ha de haber tristeza y para haber amor, ha de haber odio.
Y sí, en este mundo dual de las formas es así. Sino las formas y el mundo no podrían moverse y existir. Son las leyes del mundo y el universo.
Pero el mundo de las formas no es el único que existe. Y es tan evidente que ni la ciencia puede negarlo.
El espacio es una realidad. Y cuanto más estoy en ese espacio, consciente de él (¿estoy o soy?) más paz, dicha, luz y amor encuentro.
Seguramente la energía de ese espacio es esta. Y no hay oscuridad ni ningún adjetivo que pueda negarla o ensombrecerla. Siempre es. Como el agua, que siempre es transparente, a pesar de todas la turbiedad que pueda afectarle, siempre es clara y transparente en su esencia.
A pesar de la dualidad, la dualidad no le afecta porque no es ella. Es el contenido y no el continente. El continente es espacio, el contenido es el mundo y su universo.
El contenido cambia, el continente permanece intacto, y sin continente el contenido no podría existir.
El continente sostiene el contenido, pero no depende de él. Pero del continente emana vida, es vida propia, que conecta con el contenido.
Así que sí, hay una conexión. Las formas están llenas de vida y todas tienen un halo de conciencia, unas más que otras, pero todas la contienen.
Es la fuente de la que todo brota.
Y mi camino consiste en conocer por mí misma qué tengo que ver yo con la Fuente de la Vida y qué relación tengo yo con ella.
También conocer por qué estoy aquí, por qué se nace y se muere. Y para qué tantos recuerdos y emociones. Y para qué tantos pensamientos y tantas creaciones. Si luego todo llega a su fin en la forma conocida.
Mi único objetivo verdadero en esta vida sería encontrar estos por qués.
Aunque por otro lado los suelto como una patata caliente (a cualquier pregunta que me asoma). Sé que algún día sabré la Verdad. Y no será en otro momento que ahora.
Mientras tanto, siento que lo único que debo hacer es vivir en el presente, siendo plenamente consciente de él y rendirme a él plenamente.
Y entonces es cuando me doy cuenta de que no existe un camino. Que el camino sólo pertenece al mundo del espacio-tiempo.
Igual que cualquier pregunta. Igual que cualquier respuesta.
¿Por qué será que siempre vuelvo a lo mismo? ¿Por qué será que tengo la sensación de que siempre escribo las mismas palabras? ¿Por qué todo es siempre la misma pregunta y… siempre la misma respuesta, quizás?
Deja un comentario