Ayer ya no existe. Pero he guardado en mi recuerdo lo bello del saber saborear el momento presente.
Amor de mis hijos, chimenea encendida, lluvia en el exterior, olor a hierba mojada.
A ese momento siempre podré volver para recordarme que los pequeños instantes siempre pueden ser los más grandes. «Hay que valorar las grandes pequeñeces de la vida». Abuelita, cuánta razón y cuán sabias tus palabras.
Y me arrodillo ante vuestra sabiduría, mis ancestros, los que ya estáis en una etapa desprendidos del cuerpo y cualquier apego, los que ya sólo sois amor.
Me arrodillo para pediros luz. Luz para ver mejor, para expresarme mejor, para entenderme más.
Con vuestra luz podré saber cuál es el momento, cuál el Verbo.
Me arrodillo porque no sé nada… y así debe ser.
Dadme las fuerzas para ser paciente y amarme, sobre todo a mi parte humana. Ya que si amo a mi parte humana con todo lo que ella contiene, podré amar a todas las formas por igual.
Dadme fuerzas para mantenerme fiel al «no deseo». Para mantenerme al mismo tiempo al margen del miedo.
Ayudarme a acoger cualquier resultado y a no esperar nada en particular. Ayudadme a observar el juicio de otros sin ningún juicio personal
Ayudadme a desprenderme de mi persona, para así poder amarla de verdad.
Y, si podéis, que sé que sí, concededme la luz para iluminar mi mente y dirigir mis pensamientos hacia el corazón del mundo.
Que todos los pensamientos y reflexiones que hace unos días me abordan sin cesar, aunque no molestan en absoluto, permanezcan en su lugar, aguardando el momento perfecto para darse a conocer.
Aguardad, palabras; permaneced y preparaos para el momento en el que tengáis que ver la luz. Sed pacientes y no os apaguéis; sino la Luz que estáis buscando no podrá encontraros.
Me arrodillo ente vosotros y la Vida, que nos une. Gracias por escuchar, por acogerme a vuestros pies, por guiarme en mi camino.
Estaré atenta a vuestras señales.
Y cuando me falten fuerzas recordaré vuestro amor.
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