Ascetismo

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A veces desearía perder todas mis posesiones materiales. Me llena un sentimiento de completo ascetismo, venerando todo lo que tenga que ver con él.

Porque sin tener nada ¿qué ocurriría? ¿qué quedaría? Y allí es donde cualquier ser humano debe llegar. Nació así y morirá así.

A veces siento que todas las cosas molestan, que son mentiras orbitando alrededor de mí. Que me disfrazan. Que se creen complementos con alguna importancia, incluso algunos se creen esenciales ¡y hasta unos pocos se creen yo!

Pero más allá de complementar lo que hacen verdaderamente es restar.

Y en esos momentos en los que me aborda este anhelo ascético, al mismo tiempo me doy cuenta de lo absurdo del mismo.

¿Qué deseo puede aniquilar otro deseo? El deseo sólo se fulmina con el no-deseo.

¿Y no es más importante el ascetismo del alma que cualquier ascetismo de lo material?

Entonces me rindo y me doy cuenta de que lo único que realmente tiene sentido es poder aceptar a mi persona con sus complementos fútiles y estériles, sin otorgarles ningún mérito ni consideración especial, pero (y no menos importante) valorándolas por lo que son y agradeciendo su existir.

Realmente no son nada ¿para qué, pues, quererme desprender de ellas?

Pero su existir es igual de sagrado que cualquier forma que adopte el mundo. Bendita contradicción y dualidad, que me permiten mantenerme neutra al margen de ellas.

Y así, después de mis disquisiciones juguetonas, me descubro valorando todas mis posesiones, sin otorgarles ningún valor en particular.

Y me encuentro abrazando a todas las que vengan, sin necesidad de ninguna más.

Y me contemplo en su pérdida, entre sollozos y lágrimas, experimentando la impermanencia de todas las cosas, para encontrarme en el vacío que dejan, lleno de paz.

Todas las cosas vienen y se van. Mi necesidad y anhelo de desprenderme de ellas es sólo un deseo más.

Si nos desprendemos de todo, llegaremos al vacío que deja su no-existencia material.

¿Y cómo nos desprendemos del deseo, del motivo primario que nos hizo llegar a tomar esta decisión? Nos acompañará donde quiera que vayamos, a una cueva o a un palacio; como nuestro tesoro más preciado, nuestra posesión más amada, nuestra reliquia que da sentido a nuestra identidad, ahora enaltecida y enorgullecida.

Fuimos nuestros propios jueces y carceleros. Y rechazaremos cualquier bendición de la vida.

Así, debatiéndome entre el tener y el no-tener, llego a la conclusión de que no hay ninguna diferencia.

El tener más o menos, tampoco.

Porque el único ascetismo verdadero es el del espíritu, el del alma, el del no-deseo.

Y a partir de aquí, cualquier posesión o complemento, ahora sí, puede ser disfrutado, puede ser valorado, puede ser realmente visto; realmente amado.

Porque ya no queda el miedo a perderlo, ni el deseo de más.

Si no queda miedo, cada cosa queda liberada de sus garras, las garras del temer a que un día no sea, y ahora sí, pueden brillar en su esplendor. Pueden ser vistos todos sus colores. Puede ser amada.

Y ahora sí, ya puedo perderlo todo.

Y ahora sí, por fin, lo tengo todo.

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