Confieso que no sé cómo tratar este tema sin parecer altiva o desalmada.
A mi alrededor todo lo que tiene que ver con el trabajo, a menudo es motivo de insatisfacción y una fuente de malestar.
Sería muy desacertado por mi parte no ser compasiva con estas situaciones, puesto que yo misma las he vivido. Y gracias a ellas ahora puedo verlo todo más lúcidamente.
El trabajo se ha convertido en la mercantilización de nuestro tiempo, en un medio para un fin… y por el camino la vida se pierde a menudo. Y mientras se trabaja, uno espera y anhela el momento de después.
¿No es acaso el trabajo parte de la vida? ¿Y por qué lo despreciamos? Unos dirán porque no me gusta, otros que merecen otro mejor, otros que les encanta y aún así cuentan las horas… y sólo unos pocos le sonríen con sinceridad.
El trabajo, para quien le dedica su devoción, deja de existir para fundirse con la vida, sin etiquetas ni conceptos.
Si no te gusta tu trabajo y puedes cambiarlo, cámbialo. Si no te gusta tu trabajo y no lo puedes cambiar, abrázalo y acéptalo.
Pero no entiendo cómo vivir siempre esperando el momento de después. ¿Quién dice que unos momentos sean mejores que otros? ¿No es esta la vanidad más absoluta? ¿Y no es patológico vivir negando constantemente el presente o queriendo huir de él?
Y lo mismo ocurre con las responsabilidades. ¿Qué ocurre que las personas no sabemos convivir con ellas? La rutina, los quehaceres, los deberes, el trabajo… tienen su lugar en el mundo práctico. Y realmente no tienen más importancia que tener la habilidad para responder (responsabilidad), de aceptar cada momento como es y de ofrecer la acción correcta. Y esto no cuesta nada, sucede sin esfuerzo, de forma espontánea y natural, cuando nos rendimos al presente.
Todos tenemos esta responsabilidad, de forma innata, sólo por el hecho de ser seres humanos y habitar este mundo.
De la completa aceptación y rendición sólo brotan momentos perfectos.
El trabajo perfecto existe. Y no depende de nada externo a ti.
Puedes ser una empresaria de éxito o un peluquero de éxito. Y el éxito tampoco depende de nada externo a ti. Ni de ninguna preferencia personal.
No es mejor una empresaria a un peluquero. Lo único que marca la diferencia es tu nivel de entrega a cada momento, cuando la alquimia transforma el fin en el medio, y la mercantilización pasa a ser secundaria y a ser colocada en el lugar que le corresponde: el cajón de las herramientas prácticas.
El trabajo no es un medio para un fin. La vida no es un medio para un fin.
Honremos, pues, nuestra responsabilidad para dedicarnos plenamente a la vida, entregarnos con todo nuestro ser, con amor, siempre con amor.
Y de allí, la respuesta a cada momento será poderosa y sabia.
Y si algo de cambiar, cambiará.
Y si ha de permanecer, permanecerá.
Y nosotros ya estaremos más allá de cualquier circunstancia, sonriendo.
31/03/2024
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