Gracias, Yo Soy

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7 de mayo de 2024

Hoy ha amanecido en mí otro día maravilloso.

He abierto los ojos y allí estaba el mundo. Automáticamente vuelvo la mirada hacia mí. Ahora. Paz.

Automáticamente la mente viaja al futuro ¿qué he de hacer hoy? Ella lo intenta, es su papel, es su naturaleza.

Lo veo, y vuelvo al presente.

Y quizás es mi único deber. Volver.

Cuando mi mente me arrastre sin permiso, volver.

¿Y volver a dónde?

Donde no existe mente, o aunque sigue estando, no afecta, la observas y te das cuenta de que si la puedes observar, no eres ella.

Donde, si no gobierna la mente, pasado y futuro pierden su fuerza e interés.

Donde, si no gobierna el corazón, las emociones se dejan ser, en paz, sin carga mental adicional ni dramas.

Volver al lugar donde sólo sientes que hay conciencia, el punto central en el que existe lo único que puedes saber con certeza «soy».

Al lugar donde se concentra toda mi atención, sin esfuerzo, porque siempre me acompaña.

El lugar de donde nace el resto del mundo.

Si nace de mi conciencia el mundo (es lo único que sé en realidad, es mi experiencia propia), nada de lo que hay en el mundo soy yo.

Pero yo y el mundo aparecemos y desaparecemos al unísono.

Cuando no estoy consciente, el mundo no está. Mi mundo ha desaparecido conmigo, totalmente.

Y cuando abro los ojos, se crea mi mundo. Un mundo único y particular. Donde aparecen personajes, y desaparecen.

Por lo tanto, mi mundo depende de mí. De mí como consciencia que hace posible mis sentidos, pensamientos y emociones. Pasado y futuro. Tiempo y espacio. El nacimiento de todo lo relativo. Del ego.

Veo claramente lo relativo del mundo y su materia, su contenido.

¿Pero y la consciencia, el testigo, el Yo soy, es relativo?

Sí. Porque el yo soy aparece en algún momento des del nacimiento. Y es lo que genera la dualidad y el mundo. Aparece y desaparece con él. Sigue siendo una mentira. Pero es a lo único que sé llegar hasta ahora mismo.

A una mentira más estable, que parece algo absoluto, pero no lo es. La mentira primera. Pero es el único lugar de donde creo que puedo trabajar. Porque es mi única experiencia palpable. El primer rayo de luz de conciencia. Yo soy. Y también sé que ese rayo de luz está en cada uno de los seres y materia que habitan este, mi mundo.

No es el mismo rayo, pero sí la misma luz.

Y esa luz no es el Yo soy. Ni es la conciencia. Ni es el presente.

Pero son la última puerta. Y la primera.

La que se abre en algún momento, y se cerrará cuando el cuerpo muera o un tiempo después.

Es como un intervalo de algo que no conozco ni puedo conocer. Pero ese algo estaba antes y estará después. Y es lo que crea la conciencia, el Yo soy. El Presente. El tiempo y espacio.

Pero lo más cercano a eso que está más allá, es permanecer en mi conciencia de Yo soy, en mi Ahora.

Porque a pesar de saber que también aparecieron y desaparecerán, estar en ellos me permite desapegarme del mundo, me permite poder observarlo con amor.

Me permite aceptar todo lo que el mundo contiene, todo lo que el tiempo me trae.

Me permite no vivir esperando, ni deseando.

Me permite ver sin juzgar y sin impregnar de mis pensamientos cada aparición.

Me permite estar en el ahora, presente, sin cargas, sin kharma.

Me permite responder sin reaccionar, y a la vez acoger ciertos pensamientos y emociones que emergen espontáneamente, y algunos que emergen fruto de creencias y tiempo.

Me permite la acción correcta y el camino del medio.

Me permite implicarme al 100% y darlo todo, sin perderme.

Me permite disfrutar del camino, sin obsesionarme con cada meta o destino.

Me permite ser antes que hacer. Y hacer a través del ser.

Me permite estar más cerca de otros seres y amarlos sin condiciones.

Me permite escuchar y estar atenta de verdad.

Me permite dar sin esperar nada a cambio.

Me permite ser agradecida sin comparaciones, y perdonar sin reproches.

Me permite fluir con la Vida y ser una con ella.

Así que, aún sabiendo que no he llegado más allá, bendigo al testigo, al presente y al Yo soy.

Y doy gracias por haberlos encontrado.

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