Mirar al sufrimiento directo a los ojos

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Soy consciente de que a menudo giro la mirada para no verlo. Sobre todo en el ajeno, pero realmente es mío propio.

Es extraño. Siento y me abordan miles de palabras, tantas que sé que es imposible escribirlas todas, y de hecho, dudo que tengan ninguna importancia. Y esa sensación es la misma que me fuerza a mirar dentro de mí y darme cuenta de que sólo el silencio, de donde nacen todas las palabras, el que lo contiene todo, tiene realmente un sentido absoluto.

Toda palabra es relativa, interpretable, válida dentro de unas circunstancias determinadas.

Pero aquí estoy, escribiendo palabras, la prueba más directa de que el ser humano es maravilloso , pero sólo un transmisor. Quizás algún día pueda ser una buena transmisora. Si ese es mi sino, que así sea. Si no lo es, el silencio es todo, inmutable, absoluto, eterno… y de todos por igual.

Y volviendo al sufrimiento, a enfrentarlo, a verlo y soportarlo…. realmente siempre he temido mucho más el sufrimiento que a la muerte. Es algo curioso, temo más algo conocido que a lo completamente desconocido.

Cuando veo un animal sin vida en la carretera, o una pelea, o un incendio… se me encoje tanto el corazón que siento el impulso irresistible de cerrar los ojos, no mirar… no sufrir.

He aprendido a mirar el sufrimiento de mis propias circunstancias, pero es cierto, el sufrimiento del mundo todavía no estoy preparada para soportarlo y creo que debo trabajar en ello.

¿Por qué? Porque el sufrimiento brota del pensamiento de que algo no debería ser así, de la resistencia a lo que es. Y debo seguir profundizando, porque por muy evidente que sea el mal, el dolor, la muerte o destrucción, quizás estoy intentando darle un sentido, imponerle un juicio, negarlo.

Pero luego está la acción u omisión, y el peligro está en confundir la aceptación de lo que es, con la acción o inacción que deba ocurrir en cada caso.

Es importante no caer en estas confusiones.

No es lo mismo aceptar, que coincidir o ser cómplice de ciertas acciones o sucesos.

Y quizás es cierto que no mirar el sufrimiento a los ojos te hace cómplice de una forma muy y muy sutil. ¿Dónde va la conciencia? Allá donde la dirijas. Y si le das la espalda al sufrimiento, le das la espalda a la vida. Y dándole la espalda a la vida, ¿Quién rige tus acciones?

Sólo mirando a los ojos al sufrimiento acepto la vida y su sacralidad.

Dame fuerzas para hacerlo.

Sé que de esa aceptación sólo pueden brotar los tallos más tiernos y amorosos que sostienen cualquier flor.

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