Y hoy precisamente, que me encontraré para cenar con un amigo, con mucha vida a sus espaldas, espero tener fuerzas para poder observar su dualidad desde la barrera, a distancia, con amor y compasión. Sus juicios, heridas y anhelos. Espero tener fuerzas para poderlos tolerar con dulzura, y ojalá encontrara la energía necesaria, y las palabras adecuadas para poderle arrancar, o simplemente darle alguna herramienta para que deje ir alguna de sus tantas espinas.
Y a la vez he de dejar de ceerme capaz, o de querer ayudar. Lo veo vanidoso, altivo y déspota. ¿Quién soy yo para ayudar a nadie? Cada uno se ayuda a sí mismo en realidad, siempre es así, nunca de otra forma. Pero nos encanta creer que ayudamos.
La verdadera ayuda nace del lugar de donde nace todo. La paz, la quietud, el amor, la acción correcta.
Desde ese lugar, sólo se puede actuar correctamente, y eso sí es ayudar.
Así que sólo he de dedicarme a acercarme y mantenerme en ese lugar, esencia de todo ser, misma y única; y, desde allí, ayudaré.
Sin creerlo, sin enorgullecerme, sin esperar nada a cambio. Sin hacerlo. Simplemente, SIENDO.
Y es que siendo, dejas de ser diferente del otro, encontrándote tan cerca que el otro te reconoce, como parte de sí mismo. Y entonces es él, y no tú. Ahora sí, la ayuda es posible, a través de ti. Pero no eres tú quien lo hace.
Dejemos atrás todo ese ego del querer ayudar. Demos la bienvenida al ser que fluye a través de todo, dejémosle hacer a través nuestro.
Eso es lo único que realmente hemos de hacer con nuestro libre albedrío: rendirnos a la energía una y pura, rendirnos a la vida. Rendirnos al amor. Todas las palabras son lo mismo,
y nada.
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